'Los odiosos ocho' - El cielo es azul, y el agua moja

03.02.2016 20:07

A bote pronto no sé cómo definirlo para que suene como tiene que sonar, pero lo intentaré (y a ver si cuela): 'Los odiosos ocho' de Quentin Tarantino me han dejado un sabor de boca tan, tan, tan parecido al que me dejo 'Palmeras en la nieve' que, salvando las evidentes distancias entre ambas producciones, diría que prácticamente es el mismo sabor de boca (aunque para públicos diametralmente diferentes). ¿Esto es algo bueno? ¿malo? ¿herbácico? A bote pronto, ni lo uno ni lo otro... necesariamente: tiene tanto de bueno, malo y herbácico (¿?) en un cóctel agridulce a la par que irresistible.
 
Quentin Tarantino es quién es porque es Quentin Tarantino. Y por suerte no sólo para él ni para su legión de acólitos, puede serlo libremente y sin tapujos: El cielo es azul, el agua moja y una película de Quentin Tarantino siempre será una película de Quentin Tarantino. En la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad. Hasta aquí todo tan claro, como tan claro queda que 'Los odiosos ocho' es una película de Quentin Tarantino. En lo bueno y en lo malo, en especial cuando el genio de Tarantino se ve desbordado por su propio genio como para dejar claro, clarísimo, que no estamos viendo una película cualquiera, no: estamos viendo una película de Quentin Tarantino. Inconfundible, con o sin la música de un Ennio Morricone a la altura de las circunstancias.
 
Puede sonar tan estúpido reincidir en tal evidencia como tan estúpido de hecho suena, pero no está de más como aperitivo: ¿Qué carajo puede tener en común con una cinta en apariencia tan poco dada a ser su similar como la española 'Palmeras en la nieve'? El ojo vago es probable que no lo vea, como es probable que el ojo menos vago no lo aprecie a través de la misma óptica. Básicamente, pretender recuperar ese aroma que desprende una pantalla de cine cuando se la corteja como a una señora en vez de como a una puta; o aún peor, en vez de como a un putón (de multisalas). Y básicamente, también ambas, se quedan a medias de lo que prometen sus votos matrimoniales (por motivos opuestos aunque afines).
 
Evidentemente es como comparar un huevo con una castaña más allá de esta voluntad, de esta expectativa por ser un reflejo de un modelo de (gran) cine tan añejo como a la vez inmortal (por decirlo de alguna manera). Fernando González Molina ni es ni se parece ni en el flequillo a Quentin Tarantino, si bien dónde el primero no es capaz de rematar por falta de cualquier cosa el segundo se pasa de frenada por todo lo contrario, algo que se antepone de manera recurrente a las necesidades del filme al que se supone que rinde servicio. Porque, ¿quién sirve a quién? ¿Quién se aprovecha de quién? La egolatría de Tarantino se apropia de cada fotograma hasta sus últimas consecuencias: ser una película de Tarantino. Inconfundible.
 
Y eso, como hemos podido comprobar desde 'Kill Bill', supone una explosividad de energía cinéfaga que agota en su agresividad no siempre bien ponderada. A pesar de que el que todavía es su mejor filme -Pulp Fiction- surge precisamente -y no por casualidad- de lo contrario, Tarantino no parece estar dispuesto a "esconderse" (de nuevo) tras una película, y parece que siente la continua necesidad de recordarnos su labor de titiritero aún a pesar incluso de la propia película. Unos excesos -puntuales- que no arruinan ni mucho menos una función capaz de ofrecer estupendísimos picos, si bien minimizan el alcance de sus logros o de un irresistible encanto que, para el auténtico cinéfilo, se mide en unos 70 mm de un placer cuasi sexual.
 
Así, en 'Los odiosos ocho' nos queda algo parecido a un cruce entre un western, Agatha Christie, 'La cosa' y por supuesto Quentin Tarantino de casi 3 horas que sacia como un auténtico banquete familiar navideño. He aquí el verdadero "problema" (entrecomillado), llenísimos más no realmente saciados, sin margen para paladear y una dura digestión por delante. Casi 3 horas que se hacen evidentes y algo pesan, además, tras entre otras cosas un subrayado innecesario en forma de largo flashback que rompe el clímax de una obra un tanto descompensada, marca de fábrica y que al igual que la cinta de González Molina se presenta demasiado corta para sus intenciones pero a la vez demasiado larga para sus prestaciones.
 
Su título, que ya advierto tiene truco (parcial y gravemente desvelado en sus títulos de crédito iniciales), hace referencia a ocho personajes que nunca los son (con Madsen o Bichir casi de adorno), al igual que su teatrillo alude a una trampa cuyo suspense tampoco es del todo real. Minucias... o no, como tantas otras y según el gusto por la sangría fílmica. El cielo es azul, el agua moja y una película de Quentin Tarantino es una película de Don Quentin Tarantino. Inconfundible. Excesos que forman parte del cine de Tarantino como posiblemente forman parte del propio Tarantino; los mismos excesos que garantizan que, aparte reducir a menos de un paso la distancia entre el amor y el odio, siempre resulta de lo más interesante dejarse cortejar por tan pintoresco caballero.
 
 
NOTA:6,5/10